No hay en el primer set de esta llave histórica un reclamo de milagros. El juego se justifica en el resultado. O viceversa, como se le quiera decir. Peñarol no sale al césped a empujar. La cita puede aclamar esos versos. Va a construir. Lo hace desde abajo. Desde los toques y desde pensar en el arco rival.

El desde abajo tiene un vuelo más amplio. El tridente atacante que dispone Mauricio Larriera es de orgullo manya. Agustín Álvarez Martínez, el delantero estrella, 8 goles en 8 partidos es categoría 2001 y su vida siempre fue carbonera. Agustín Canobbio fue parido en 1998, hijo del mítico Osvaldo, y también es de la casa de Peñarol. Facundo Torres, elegante y fino, nació en 2000 y salió de la misma familia. Alma fundamental para disputar un clásico copero. Valentía fundamental para jugar al fútbol. El coraje no es pegar patadas: es poner el intelecto al servicio de la creatividad.

La frutilla del postre es el ingreso de Valentín Rodríguez. También de la casa de Peñarol. Que realiza la segunda obra de arte de la noche. Limpiando tres rivales para definir de caño frente a Sergio Rochet. El primero había sido una gran combinación de Canobbio y de Álvarez Martínez. Una destilería de música. Todo cocinado en casa.

Nacional padeció la noche. Terminó llevándose un resultado duro desde el peso del gol de visitante, pero no tan malo para el juego que expuso. Gonzalo Bergressio le dio una vida más a los Bolsos. Fue 2-1 y la historia está abierta. Pero Peñarol puso el corazón de la casa y golpeó fuerte para arrancar. La sonrisa es de los pibes.

* Por Ezequiel Scher