Kevin Dawson tiene 7 años y ayuda a su mamá en la feria de la ciudad de Colonia, Uruguay. Le gusta observar a la gente, saludar, atender, sociabilizar. Algunos días arma el pedido y ordena bolsitas con imanes del faro de Colonia, mates, artesanías o lo que se esté vendiendo en el momento. Otras, aprovecha y, mientras ella trabaja, se junta con otros niños que acompañan a sus madres y padres y arman un picadito. El arco le encanta, se tira sin miedo a ensuciarse, vuela en las atajadas y cuando tapa una pelota que hasta él mismo lo sorprende grita: “Atajoooó Carini”. El ídolo de este pequeño Kevin es Fabián Carini, ex arquero de la selección uruguaya y de larga trayectoria en Europa. Como Dawson, también ocupó el arco de Peñarol.

“Había compañeros de sobra y muchos campitos para poder jugar. Fue una infancia muy linda. Éramos todos como una familia y a medida que fueron pasando los años iba ayudando de distintas maneras. Me gusta el contacto con la gente y en ese momento me gustaba poner las cosas en las bolsas. Ayudarla a cobrar. Son hermosos recuerdos”.

Pasó el tiempo. Kevin Dawson ya tiene 27 años y los campitos se transformaron en el Campeón del Siglo. Desde Montevideo habla en exclusiva con CONMEBOL Sudamericana y analiza su recorrido en el fútbol. A la hora de recordar la época previa a Peñarol cuenta que trabajó de rematador y que en Plaza Colonia hubo un tiempo que “estaba más para las 8 horas de trabajo que para el fútbol”. Hoy se encuentra consolidado en el plantel de uno de los equipos más grandes de Uruguay, brilla con sus atajadas en la competencia más importante de Sudamérica y mientras charla se ríe cuando su hijo más chico de un año y medio intenta sumarse a la videollamada. Al pensar en su familia relata que son el sostén que lo acompaña cuando los días se vuelven complicados y confiesa haber construido una especie de hermetismo para poder tolerar las críticas. Se alejó de las redes, de los programas de televisión y evita cualquier contacto que pueda perturbarlo. En la previa a las semifinales de la Copa, en las que el Manya se medirá contra Athletico Paranaense cuenta que el equipo está entusiasmado y la final es su destino.

– ¿Cómo recordas tu paso por Plaza Colonia?

– Es un club que uno quiere mucho. Hasta el día de hoy tengo amigos que juegan en el club y me tocó estar en las dos etapas. Cuando el club deambulaba por la segunda división, era todo a pulmón, peleando para no descender a la Divisional C. El club iba a dejar de competir hasta que llegaron los gerenciadores. Por entonces, uno estaba más en las 8 horas de trabajo que en el sueño de jugar al fútbol. Después ascendimos, salimos campeones en la A y jugamos una Copa Sudamericana. Viví todo el proceso.

¿A qué te dedicabas cuando hablás de las 8 horas de trabajo?

– Mi padre es rematador y estuve mucho tiempo, incluso jugando en Plaza en Primera División trabajaba con él. Me gusta el contacto con la gente, estaba muy bueno. También acompañaba en lo que era pintar, poner placas de yeso y como no tenía mucha idea acompañaba , alcanzaba cosas.

¿Qué te acordás del momento en que fichaste para Peñarol allá por 2017?

– Fue algo que vino de la nada, me sorprendió. Era un martes por la noche y nosotros el miércoles arrancábamos a entrenar en Plaza Colonia y me llaman para decirme que podía ir a Peñarol. Obviamente ni lo dudé y el viernes 6 de enero ya estaba en Los Aromos. Fueron horas de mucha alegría, incertidumbre, pero muy entusiasmado. 

Hace un rato mientras hablábamos se sumó uno de tus hijos en la videollamada ¿cómo te cambió la paternidad?

– Yo fui padre a los 20 años: tengo a Francesca de 9 y a Salvador de 1 año y medio. Por entonces, era todo incertidumbre. Era joven, yo trabajaba además de jugar al fútbol y uno pensaba en qué podía llegar a pasar. Son dos angelitos hermosos que me dan mucha fuerza y trato de hacer las cosas bien para que se sientan orgullosos del padre que tienen.

Justamente hace unos días subiste una foto a Instagram de un dibujito que te hizo Francesca dándote fuerzas…

– Sí, seguramente había tenido un partido malo o venía de algún error. Son pequeños detalles que te hacen olvidar de todo y, si bien la profesión a uno le gusta, hay que saber separarlo cuando llegas a tu casa. Por ahí llegas medio bajón y con estos detalles se te olvida todo. Afrontas el día de otra manera. A Fran no le gusta ir a la cancha, pero sí está pendiente de cómo sale Peñarol o cómo me fue. Seguramente la madre le habrá dicho: “Mirá que papá viene medio entregado ja” y ahí salió de ella hacer un dibujito como cuando viajo para la Copa.

¿Cómo vivís las críticas?

– Las críticas siempre están y van a estar. Uno lo comprende y está bien, pero a veces cuando las críticas por ahí te llegan demasiado, choca. Te puede llegar a hacer dudar de vos mismo. Con el tiempo he aprendido a sobrellevarlo, estoy tratando de escuchar poco y ver poco. No sólo cuando me va mal sino también cuando todo sale bien. Trato de aislarme de los programas deportivos y de las redes sociales que también juegan su papel.

Y el clásico por los octavos de final ¿qué te generó?

– En mi caso yo venía medio baqueteado porque me habían hecho un gol de mitad de cancha en el torneo local. Me apoyé mucho en el entrenador de arqueros, en el plantel y este clásico fue especial. Se jugaba mucho. Traté de estar tranquilo, ver y escuchar poco, pero entrenarme mucho. Aparte vas a llevar a tu hijo al colegio y te dicen “hay que ganar”, vas al super y te dicen “hay que ganar”, se vivió a full.

– ¿Y cuál fue la atajada que más te gustó durante esta Copa Sudamericana?

– Creo que con Corinthians tuve un partido en el que me llegaron bastante en Brasil, pero acá en el Campeón del Siglo hay un remate cruzado que pude intervenir y me quedo con esa.

– ¿Cómo es la atajada perfecta?

– A mí me gustan mucho las que surgen después de jugadas rápidas, cuando hay que salir a achicar. Ganarle segundos al delantero. Leer la jugada. El pase filtrado. Sorprenderlo y que te tenga encima. Esas son las que más me gustan y en las que más me siento cómodo. Las disfruto.